Es el amor, ciertamente, el más dudoso y problemático asunto en la vida de obligación de un funcionario royal. Ante las obligaciones de Estado, el cariño se vuelve dolor y los sentimientos se tornan en prisiones que hacen de la ternura del corazón materia de quebranto y de zozobra, con lo que puede darse el caso de infidelidad o desdén hacia el consorte en acto de huida de tal desconsuelo. Pero ante las cenizas del desamor, hay que soplarlas con el aire renovador de la inteligencia, para descubrir brasas que pueden volver a encender la pasión y consumir el olvido, renovando el lustre infausto de otrora. El noble ser de la monarquía alienta siempre el glorioso esplendor que la ilustra a través de la historia, luego era muy oportuno considerar un acto dentro del suelo de la Real Academia de la Historia, en Madrid, para compendiar el reinado de Juanito, utilizando como gozne de la operación su octogésimo aniversario. Porque siempre se ha permitido al royal extraer una furtiva pluma al fénix de la historia, con la que trazar sobre el terso papel de la academia los rasgos y las volutas de la majestad real en que consten tanto la prenda de sus elevadísimas virtudes para gobernar al populacho, como su prosapia o su más lince vista que, por ser de esfera tan magna como la terráquea, no hay otra que la supere en primacía. Pesado obsequio es cargar, junto a la pasión del amor puro, la balda de la responsabilidad regia, por ser de nobleza tan conocida como venerada por el reino todo, desde todos los siglos del tiempo, como de hidalga fama llena de veneras de admiración, que son tantas como hojas tiene el magno arbol de su dinastía. Por lo tanto, debe el royal pechar desde lo más hondo de sus ínclitos pechos, con el sublime deber de conservar la fineza de una relación conyugal permanente y sin tacha, renaciendo al amor si ha menester pues siempre será propio de un auge cósmico y transubstancial que dispersa más claridad que la luz del mediodía. Y sea así tan cumplida dicha, sin pecado de jactancia ni vanagloria, pues con ello no se pretende filiación jupiterina ni apagar el sol como los bobos y los suspensos de labia.