En Hermosillo, paramédicos narran que además del estrés de salvar vidas, enfrentan agresiones directas durante su labor.
“Amenazan con una pistola, y todavía quieren que les pagues después de que mataron a mi apá”, compartió uno de los socorristas.
Aseguran que estas situaciones los ponen en una encrucijada:
Atender a las víctimas bajo presión y violencia.
Salir a la calle sin saber si volverán con vida.
Lidiar con el dolor de familias a quienes no pueden dar falsas esperanzas.
“Lo que más nos puede es tener que decirles que ya no hay nada qué hacer”, confiesan.