Asistimos en tiempo real a la degradación total de la sociedad y a la pérdida absoluta del respeto por la vida ajena. Hoy convivimos con la macabra realidad de los velorios marginales, donde los delincuentes homenajean a los suyos a los tiros, imponiendo sus propias reglas de sangre y fuego en las narices de las autoridades.
En la misma cuadra donde la mafia festeja la muerte disparando al cielo, un trabajador es ejecutado sin piedad simplemente para robarle el celular con el que se comunicaba con sus hijos. La facilidad con la que operan los asesinos demuestra que caminamos sobre una zona completamente liberada donde el que trabaja siempre pierde.
El fracaso de todo el sistema nos arrastra al abismo y la violencia terminó cruzando la última frontera que nos quedaba sana: el aula. Que nuestros pibes convivan con armas de fuego en horario escolar es el síntoma definitivo de que la cultura del delito está ganando la batalla por goleada frente a la pasividad dirigencial.
los detalles de esta cruda realidad:
* Territorio liberado: El avance del narcocrimen y las bandas que utilizan los rituales fúnebres para demostrar su poder de fuego.
* Crímenes absurdos: La reiteración sistemática de homicidios en ocasión de robo por botines insignificantes.
* Infancia perdida: La naturalización de la violencia extrema y el acceso a las armas letales por parte de estudiantes menores de edad.
* Ruptura social: Un análisis frontal sobre cómo se rompió el contrato de convivencia básico en las calles argentinas.
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