Cuenta José Sacristán (Chinchón, 1937) que aquí, al Teatro Pavón de Madrid, venía su madre a escuchar copla en la posguerra y se arranca a recitar a La Niña de los Peines: «Con un suspiro le pago aquel que por mí suspire / Con un suspiro le pago./ Yo miro a quien bien me mire». Y María Galiana escucha (Sevilla, 1935), recién aterrizada de la Semana Santa de su ciudad, cómo sigue el inesperado recital flamenco del actor que un día quiso ser Antonio Molina en el mismo escenario que miraba su madre y que él nunca ha pisado en su carrera: «Yo no acaricio ni halago / Y al que de mí se retire».
Es la primera vez que ambos coinciden, más allá de un éfimero viaje en tren de Barcelona a Madrid y un escueto saludo. No se conocen, nunca han compartido proyecto, apenas han visto sus vidas cruzarse. Y, sin embargo, cuando se abre la puerta del taxi y la actriz aparece a las puertas del teatro, Sacristán dispensa un cariñoso saludo a Galiana y la conversación ya fluye.
Los dos grandes activos de la actuación reflexionan sobre el oficia, el mundo y también el final.