La capacidad de resistencia de Pedro Sánchez no tiene límites. Ni los escándalos de corrupción, ni el batacazo en las autonómicas, ni los raquíticos apoyos parlamentarios han hecho, por ahora, que el líder socialista dé su brazo a torcer.
Al contrario, Sánchez acaba de sacarse de la manga una carta que tenía escondida. Hablamos de la polémica reforma de la financiación autonómica, que beneficiará, sobre todo, a Cataluña.
Al mismo tiempo, el Gobierno ha dado más pasos para que la Generalitat acabe gestionando el IRPF, la auténtica gallina de los huevos de oro de la recaudación. Y puede hacer una tercera cesión: la condonación definitiva de la deuda, que está atascada en el Parlamento.
Los movimientos de Sánchez persiguen comprar la voluntad de Junts, que sigue rechazando la propuesta de financiación autonómica. En cualquier momento, Puigdemont, como los emperadores romanos, puede girar el pulgar hacia abajo y dejar caer a Sánchez.
El problema es que tanta cesión tiene un precio. Y muy alto. El Gobierno está dispuesto a llevar al límte el gasto público y eso habrá que sufragarlo con ajustes. Paradojas de la política: el marrón de aplicar esos ajustes puede caerle a Feijóo si gana las elecciones. Ahora bien, lo pagarán todos los españoles.