“Final para un último adiós”. Con esas palabras, Silvio Mora abre un tramo de despedida que no se disfraza: es duelo. Es una conversación que suena a cierre, a garganta apretada, a la necesidad de decir —antes de que el silencio gane— por qué la partida de Alex Bueno se siente tan grande en la República Dominicana.
Mora no habla de una ausencia cualquiera. La llama por su tamaño y por su alcance: “la magnitud de esta pérdida para el arte dominicano es muy fuerte”, dice, y de inmediato ubica a Alex Bueno en un lugar raro, casi imposible de imitar. No como una etiqueta —“merenguero”— sino como un artista de una amplitud que, en su relato, roza lo extraordinario.
En esa evocación aparece una idea que funciona como tesis y como homenaje: Alex Bueno, afirma, fue el único cantante que logró “pegar en todos los géneros”. Merengue, bachata, balada, salsa. No como intentos aislados, sino como conquistas reales, canciones que se instalaron en la gente sin pedir permiso, cruzando edades, barrios, radios y recuerdos.