De ridículo en ridículo, de afrenta en afrenta, de pifia en pifia, hasta la derrota final.
El patrón de las relaciones con Marruecos es siempre el mismo: claudicación, silencio y una sonrojante debilidad que convierte a España en rehén de un vecino que tiene claros sus objetivos, no se para en barras y nunca afloja.
Con la inestimable ayuda de un tipo apellidado Sánchez, a quien la Patria, el honor, la Historia o la ciudadanía le importan un bledo y que solo va a llevárselo crudo con su cuadrilla de maleantes.